Reflexiones religiosas



Recibamos a Jesús en los pequeños. P. Aldo Ranieri 23/09/2012
Cuando Jesús bajó del monte, vio mucha gente alborotada que discutía con sus discípulos. La dificultad de entendimiento de sus discípulos le era muy conocida y, hasta ahí, la aceptaba aunque de mala gana. No podía aceptar ese deseo de sobresalir a toda costa. Pedro era el que había arrimado la bocha más cerca del bochín cuando le dijo que él era el Mesías, pero andaba muy presumido por su éxito y los demás estaban sumamente disconformes con él. Todo esto era causa de acaloradas discusiones. Jesús entonces se fue por su camino. Marcos une a menudo dos verbos: caminar y enseñar. En realidad son la misma cosa: la enseñanza de Jesús era un camino hacia el Padre (Hech 9, 2), mientras el de sus discípulos andaba por direcciones opuestas. La cosa había entrado en un callejón sin salida y Jesús toma entonces la iniciativa. Sin perder tiempo en reproches, tomó a un niño y, dice Marcos, que “lo estrechó entre sus brazos”. El gesto fue bellísimo: Jesús pasó al niño su propia experiencia, la de cuando se sentía estrechado en los brazos de su Padre (Jn 1, 18), pero al mismo tiempo puso una condición muy clara: no hay lugar entorno a Jesús, es decir, en la comunidad cristiana, para el engreimiento. ahora se podría entende lo que les enseñaba acerca del Mesías: no era, como lo entendían ellos, un rey que aparecería al frente de su pueblo, lleno de gloria sino un rey que viene a servir y salvar a la humanidad.
El mensaje de la liturgia: El que quiera ser el primero... ¿Conoce alguien que quiera ser “el último”? Pareciera que todos queremos ser “primeros”: En prestigio, en ser “reconocidos”, o en ser servidos. ¡Cuidado! Jesús no nos llama a ser “un don nadie”. o a rechazar cargos “encumbrados”, puestos de responsabilidad. Más aún: “Todos” por modesta que sea nuestra vikda, “figuramos” de alguna manera en nuestra familia, en el trabajo, en el vecindario, en la Iglesia... a “todos”, Jesús nos recuerda esa extraordinaria vocación común: “Servir”. Desde los cargos de mayor importancia y responsabilidad hasta las más sencillas relaciones cotidianas estamos llamados a “servir”. En el ejercicio del servicio, el cristiano debe aspirar a ser el “último”, es decir a pasar inadvertidos, a no “mostrarse”, a no buscar reconocimiento. ¡Que lejos está el Evangelio de los criterios del mundo! Cambia mi corazón, Señor; sólo tú puedes liberarlo de sus deseos de figuración y poder, sólo tú puedes sanar su orgullo y hacerlo simple y desprendido como el tuyo. Dame la gracia de amar el último lugar; ese que nadie querrá quitarme.



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