CATEQUESIS MARIANA DESDE SAN NICOLÁS
Catequesis Mariana desde San Nicolás: Por el Pbro. Carlos A. Pérez
Durante 10 años, todos los días 25 de cada mes en San Nicolás, se convoco a un grupo voluntario de Misioneros de diversos lugares del país, felizmente, por iniciativa de los propios laicos presentes en las reuniones, fueron grabadas las charlas que se dieron. Hoy contamos con esta catequesis que nos disponemos a ofrecer aquí a modo de entregas semanales para todos, peregrinos en general y misioneros en particular.
Padre Nuestro:
Rezamos el Padre nuestro todos los días, lo rezamos muchas veces en el día, pero ¿qué le pedimos al Señor? Mons. Eduardo Pironio
Padre Nuestro: Es necesario tener una experiencia muy honda del amor y de la cercanía del Padre. No estamos hablando a un extraño, no estamos hablando simplemente a Aquel que nos creó y que al final de la vida nos va a juzgar. Estamos hablando a un Padre que "tanto amó al mundo que le dió a su Hijo, no para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn. 3,16-17)
Estamos hablando al Padre "que hace salir el sol sobre malos y buenos" (Mt 5,45), que dispone todas las cosas por amor y que no permitirá que caiga un solo cabello, de nuestra cabeza sin su permiso (cf. Mt 10,30). Estamos hablando al Padre cuya providencia es tan grande que alimenta a los pájaros del cielo y viste de hermosura los lirios del campo (cf Mt 6,27-29). Estamos hablando al Padre de las misericordias que nos espera, nos abraza y nos reviste con su gracia (cf Lc 15 ,,11-31).
"Padre": allí está todo, este es el centro de nuestra oración, Santa Teresita, muchas veces, no podría rezar el Padre Nuestro completo, porque al decir "Padre" se detenía allí. En ella estaba muy desarrollado el don de piedad que es el que nos hace sentir hijos frente al Padre y hermanos entre nosotros.
"Padre Nuestro": rezamos a un Padre que es "nuestro", entonces no podemos pedir solamente por "mi" situación, "mi" problema. Rezamos desde el interior de una comunidad, desde el interior de una Iglesia, desde el interior del mundo, y cuando decimos "Padre Nuestro", estamos pensando en la comunidad, en la Iglesia, en el mundo, en nuestra familia espiritual, en nuestra familia natural, en los pecadores en los pobres, en los débiles, en los enfermos, en los moribundos, en todos cuantos caben en esta oración.
Es difícil acordarse de los nombres de todas las personas que nos piden oraciones. Por eso cuando decimos "Padre Nuestro", estamos hablando al Padre de todos los que algún día han llamado a nuestra puerta para pedir oraciones.
Que estas en el cielo: El Padre de los cielos es el Dios que trasciende todas las cosas, el Dios grande, omnipotente que ha hecho todas las cosas. Nuestra oración va a ser más eficaz porque Dios es nuestro Padre y nos ama, pero al mismo tiempo es el Dios omnipotente que lo puede todo. Por eso se abre nuestro corazón a la confianza. Pero cuando decimos "Padre Nuestro que estas en el cie1o", no nos referimos únicamente al cielo adonde iremos, sino también al cielo que es nuestro interior, donde está el Padre. "Somos un cielo" decía San Agustín. Al decirle "Padre Nuestro que estas en el cielo", también le estamos diciendo: Padre Nuestro que estás aquí dentro de nosotros, porque somas templo de la Trinidad.
Santificado sea tu Nombre: Con estas palabras estamos pidiendo que el nombre del Padre sea conocido y amado, pero estamos pidiendo también que e1 nombre de Jesús, el Señor, "Dios que salva" (cf. Sal 68, 20-21; Is. 43,3-11) y "Dios con nosotros" (Mt 1,.23) sea a así mismo santificado, es decir glorificado. Estamos pidiendo que toda nuestra oración y nuestra vida sean para "la alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,6).
Venga a nosotros tu Reino: Decir "venga a nosotros tu Reino" es decirle al Señor" ven, Señor Jesús, que venga definitivamente el Reino ya consumado, apresura la plenitud de los tiempos y ven a consumar la obra de la redención". Venga a nosotros tu Reino: grito escatológico, abierto a la venida de Jesús para llevar a toda la humanidad redimida a la casa del Padre para entregar el Reino al Padre y que Dios sea todo en todo.
Es también decirle "Venga tu Reino a este mundo". Cuando pedimos el Reino, estamos pidiendo el Reino predicado por Jesús por medio de las parábolas y de las bienaventuranzas. Le estamos diciendo: "Venga tu Reino de verdad y de gracia, de santidad y de justicia, de amor y de paz".
Y también "venga tu Reino a la Iglesia". Ella va realizando el misterio del Reino en la tierra, por eso al pedir el Reino, estamos pidiendo que la Iglesia crezca como el árbol de la parábola, para que habiendo extendido sus ramas, los pájaros puedan poner su nido a su sombra (cf Mt 13,31-32). Es decirle finalmente, "Venga tu Reino a nuestro interior". Le estamos pidiendo que el Señor reine en nosotros por las bienaventuranzas y que nos enseñe a vivirlas cada día con mayor radicalidad.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: Es decir: "Que se haga tu voluntad de hoy, la voluntad tuya, el plan que tu tienes sobre mí; porque tu plan, oh Padre, es irrepetible. Tú tienes un plan de salvación para todos, un plan de redención, pero tienes trazado para mí un designio especial, y me quieres llevar por el. "Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo". Que no se haga mi voluntad, que no se haga la voluntad de los hombres, sino "que se haga tu voluntad en la tierra como se realiza en los cielos".
Danos hay nuestro pan de cada día: Cuando pedimos el pan de cada día estamos pidiendo aquello elemental sin lo cual no podemos vivir. Ante todo que no falte nunca en casa el pan material; y por consiguiente que no falte el trabajo necesario para conseguirlo; y la salud para poder trabajar. Pero además hay muchas otras cosas necesarias para vivir bien, y para vivir bien en comunidad: la caridad, la esperanza, la amistad verdadera en Cristo, el amor generoso, la alegría. Nadie puede vivir sin alegría, porque las personas permanentemente tristes no pueden vivir ni dejar vivir a los demás.
Según la interpretación de los santos Padres, al pedir el pan, pedimos asimismo el pan de la Palabra y el pan de la Eucaristía. "Yo soy el Pan vivo bajado del cielo" (Jn 6,51). Pedimos que no nos falte Jesús, el Pan que nos hace cada vez más serenos fuertes; y que, en la oscuridad, no nos falte la luz de la Palabra que el Señor nos dará en la Escritura o por medio de los hermanos. "Danos hoy nuestro pan de cada día" es decir: "Señor, que hoy no me falte este pan. Que por el pan de tu Palabra y de la Eucaristía no me falte la capacidad de amor; la capacidad e infundir alegría. Que no me. fa1te la capacidad de abrir el corazón de los demás a la esperanza".
Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden: Cada día tenemos pecados nuevos, o más bien, son los mismos de siempre que se van repitiendo. Cada día hacemos el propósito de vivir como nuevas criaturas, reconciliadas plenamente con el Padre y con los hermanos, y sin embargo, cada día tenemos que volver a golpearnos el pecho.
Por eso antes de la comunión rezamos el Padre Nuestro, que es la oración de los hijos, la oración de los hermanos, mediante la cual pedimos perdón por nuestros pecados: por los pecados que han herido a la comunidad, pecados de soberbia, pecados contra el amor. Pecados porque no he creído suficientemente en la bondad y en la providencia del Padre. Pecados que hieren el gozo de nuestra consagración y la plenitud de nuestra entrega al Señor en la: pobreza, la castidad .y la obediencia.
Pecados de omisión: por no haber sido suficientemente alegres, por no haber entregado el Señor a nuestros hermanos, por no haber aceptado la cruz con más generosidad. Y decimos al Padre: "Perdónanos como nosotros también perdonamos", con el deseo de que en nuestro corazón haya una pronta y total disponibilidad para perdonar.
No nos dejes caer en la tentación:Es decir, que el Padre no nos exponga a la tentación. ¿Qué tentación? Sobre todo la del desaliento y de la tristeza.
Y líbranos del mal: Pedimos al Padre que nos libre de todo lo que el demonio puede hacer infundiéndonos desaliento, cansancio, tristeza, infundiéndonos la idea de que los demás no me quieren, no nos comprenden; la idea quizás de que el mismo Padre nos ha abandonado.
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